Cultura y Turismo

El último cuento de Ignacio Padilla

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Su talento para ensamblar frases cáusticas y su vocación de juglar llegaron a abrumarle.

27 de Agosto de 2016

La última vez que vi a Ignacio Padilla fue durante el reconocimiento que le hizo la Dirección de Literatura de Bellas Artes, flanqueado por Ana García Bergua y por Jorge Fernández Granados. Mantuvo cautivo a su auditorio, glosando los recientes estudios que se habían realizado sobre los osos polares: ¿de veras eran zurdos? ¿Qué significaban ciertos movimientos que hacían con la pata delantera? ¿Se trataría de un ritual, como lo sostenían ciertos zoólogos?

Alguien del auditorio tuvo que estallar en una carcajada para que el resto de los invitados se percatara de que el autor estaba fabulando. Pero apenas dejó el tema de los osos, denunció que, en las redes sociales, un usurpador de Europa del Este estaba lucrando con su nombre. Había que tener cuidado. El Nacho Padilla de aquella región se parecía a él, vestía como él, escribía como él… pero no era él. De nuevo, el auditorio cayó preso del hechizo del orador y, de nuevo, tardó en darse cuenta de que éste no hablaba en serio.

Pero si, en ese momento, Padilla hubiera anunciado que, en menos de tres semanas, su propio catafalco iba a estar en  Gayosso, nadie lo habría creído… Tenía aún tanto que escribir, tantas piruetas que hacer con las palabras —la obsesión de su vida— que ni con la más habilidosa de sus acrobacias habría hecho creíble su deceso. No a sus 47 años. No todavía.

Nacho sabía, desde luego, que todo es “cuentificable”. Hasta la propia vida. “Lo mío es contar cuentos”, repetía. Y lo hizo con oficio incomparable. Le atraían, en particular, disfraces e imposturas. No en balde, la novela que le hizo saltar a la fama, Amphitryon, se basa en la burla de que fue víctima el protagonista cuando Zeus adoptó sus facciones para llevar al lecho a su esposa.

Abrevó en el realismo mágico. Sin embargo, se invistió a sí mismo como el máximo detractor de esta corriente. Su cuenta de Twitter (@nachonotuitea) negaba que estuviera tuiteando cuando lo hacía y se adhirió al manifiesto Crack, estrategia mercadotécnica sin contenido, con la misma convicción con la que habría rubricado una proclama para salvar a las zarigüeyas luminosas de los cazadores furtivos en Andrómeda. Estas bestias aparecen en La gruta del Toscano, su mejor novela.

Paradójicamente, no bromeaba cuando declaró que su vida “era un eterno combate entre contar una historia con palabras suficientes y no hacer de la palabra la protagonista de sus historias”. Su talento para ensamblar frases cáusticas y párrafos deslumbrantes, su vocación de juglar, llegaron a abrumarle: ¿y si, al final, no digo nada? ¿y si todo queda en malabares palabrísticos? Por ello, además de cuentos para niños, cuentos para adultos y novelas, cultivó el ensayo.

Pero, incluso, en este género —salvo cuando hablaba de Cervantes— no consiguió eludir el tono lúdico. Que lo digan, si no, los títulos de sus trabajos más serios: La vida íntima de los encendedores o La industria del fin del mundo. Conociéndolo —fui beneficiario de su ingenio y generosidad—, no creo ser irreverente si lo parafraseo expresando mi sospecha de que esto de su muerte se trata de otro de sus funambulismos: pronto nos enteraremos de que quien murió fue aquel impostor de Europa del Este y que él sigue vivo, más vivo que nunca, impartiendo sus clases en la Iberoamericana y asistiendo a las sesiones de la Academia Mexicana de la Lengua, donde era el más joven de sus miembros.

Después de todo, Nacho no podría morir ¿o sí? Pero si la noticia fuera cierta, él de todos modos seguirá viviendo en el afecto de sus amigos y en la admiración de sus lectores.

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