Cultura y Turismo

De qué sirvieron 56 años

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La vida cotidiana al interior de Cuba no ha cambiado de manera drástica, pero esta nueva etapa plantea preguntas necesarias para imaginar su futuro.

En 1992, Andrés Oppenheimer, el experimentado reportero del Miami Herald, escribió un libro titulado La hora final de Castro. La historia secreta detrás de la inminente caída del comunismo en Cuba. Oppenheimer tenía muchas fuentes en la isla y, en cualquier caso, su hipótesis difícilmente parecía descabellada. Era la época que llegó a ser conocida como el “periodo especial en tiempos de paz” de Cuba. La Unión Soviética había colapsado y el gobierno de la nueva Federación de Rusia ya no estaba dispuesto a proveerle productos derivados del petróleo a precios reducidos (ni a comprar productos cubanos a través de acuerdos de trueque ni a precios por arriba del mercado) que habían permitido al régimen de Castro mantener a flote la economía cubana, a pesar de décadas de mala administración. Los esfuerzos propios del régimen por recuperar la estabilidad habían fallado y, ya fuera en la industria, la agricultura o el transporte, la economía cubana parecía estarse paralizando. Por primera vez desde la Revolución parecía que había un creciente disenso en las altas esferas del Partido Comunista y en el ejército, y las expresiones públicas de insatisfacción popular iban en aumento.

Aún así, la predicción de Oppenheimer no pudo haber estado más equivocada. El régimen de Castro se mantuvo, y hacia el final de la década encontró un aliado mucho más generoso de lo que había sido la urss. Hugo Chávez, electo presidente de Venezuela en 1998, le otorgó a Cuba concesiones de petróleo subsidiado. Y diecisiete años más tarde, luego de que Fidel Castro se vio forzado a renunciar, por motivos de salud, a su cargo de “comandante en jefe”, su hermano Raúl lo ha reemplazado, y la sociedad que ellos y sus camaradas crearon hace casi 57 años continúa resistiendo, aunque desde afuera parezca tan desvencijada y geriátrica como los mismos hermanos Castro. Y no olvidemos el hecho de que su régimen ha sobrevivido a nueve presidentes norteamericanos, donde al menos cinco (Eisenhower, Kennedy, Nixon, Reagan y George W. Bush) pusieron un especial interés en orquestar su caída, logro nada despreciable para un país cuya población de 11.26 millones de personas corresponde aproximadamente al 3.5% de la población de Estados Unidos y cuyo pib, en 2014, fue de alrededor de 80 mil millones de dólares, comparado con los 17.46 billones estadounidenses.

Dado el fracaso de varias y sucesivas administraciones norteamericanas por provocar el cambio de régimen en Cuba, uno podría haber pensado que no recaería en Barack Obama –el décimo presidente en ocupar el cargo al mismo tiempo que los hermanos Castro– ser el primer ocupante de la Casa Blanca en probar un nuevo rumbo. Con todo, cuando el gobierno de Obama anunció, a finales de 2014, que normalizaría sus relaciones con Cuba, la reacción dominante, tanto en Estados Unidos como en la isla, fue de sorpresa. En retrospectiva, tal vez no debería haber sido así, pues durante la elección primaria presidencial de Florida en 2008 el entonces candidato Obama se había pronunciado por una reevaluación sustancial de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba –un acto extraordinariamente temerario, particularmente en Florida, el corazón político y demográfico del mundo de los exiliados cubanos–. Hillary Clinton, su principal oponente en la carrera presidencial, denunció de inmediato el lance. Pero Obama se negó a retroceder (a diferencia de sus declaraciones conciliadoras sobre Israel y Palestina, que rápidamente desechó cuando fue confrontado por Clinton).

Sin embargo, pasada la elección de Obama, el tema cubano pareció haber languidecido, lo que no era para sorprenderse, en vista de la ambiciosa agenda doméstica del nuevo presidente y los retos que planteaba el continuo desastre geoestratégico en el mundo islámico. Ahora resulta evidente que Obama fue más fiel a sus posiciones sobre Cuba de lo que sus críticos y colaboradores habían creído. Puede argüirse que estas posturas no fueron, a primera vista, tan valientes como aparentaban. Esto se debe, en parte, al apoyo generalizado que la normalización con Cuba ha tenido desde hace muchos años dentro de la cúpula empresarial estadounidense, sobre todo en los estados agrícolas exportadores del Oeste Medio. Pero el factor más importante ha sido la transformación del Miami cubano, que se ha venido dando por diversas razones: desde el cambio de escena de las viejas generaciones de exiliados, a la asimilación de sus hijos y nietos en la corriente cultural y política americana, hasta el hecho de que la creciente proporción de cubanos y cubanoamericanos que actualmente viven en Miami nacieron en la isla después de la Revolución. No tienen recuerdo de otra Cuba que no sea la creada por la Revolución y, como consecuencia, no tienen un compromiso básico con su transformación política –otra manera de decir que estas personas, en su abrumadora mayoría, son inmigrantes en el sentido tradicional y no exiliados políticos.

La principal preocupación de las nuevas cohortes cubanas y cubanoamericanas que viven en Estados Unidos es la de mejorar las condiciones económicas de sus parientes, amigos y antiguos vecinos en la isla. Así como sucede en el resto del mundo, la mayoría de las personas que emigran de un país pobre a uno rico destinan una parte –en ocasiones, una gran parte– de su ingreso disponible para ayudar a aquellos que dejaron atrás. Lo hacen mediante el envío de remesas en efectivo, liberadas por la administración de Obama de las limitaciones impuestas durante el gobierno de George W. Bush. La cantidad de dinero enviada desde Estados Unidos es de alrededor de dos mil millones de dólares anuales. Pero muchos de los cubanos y cubanoamericanos en Estados Unidos lo hacen también cuando viajan a la isla a visitar a sus parientes, y es una situación que ha aumentado dramáticamente desde que Barack Obama ocupó la presidencia en 2009. Cualquiera que haya estado, como lo estuve yo en mayo, en alguno de los varios vuelos que salen del Aeropuerto Internacional de Miami con destino a La Habana, se habrá impresionado con el ingente volumen de artículos que la gente lleva consigo: desde televisiones de alta definición, generadores portátiles y sillas de ruedas, hasta ropa, medicina, papel higiénico, toallas sanitarias, pañales desechables y productos de belleza que son descargados sobre las bandas de equipaje del Aeropuerto José Martí.

En pocas palabras, con embargo económico o sin él, una parte significativa de la población cubana ha dependido y continúa dependiendo económicamente de sus parientes en Estados Unidos. En esto, la situación que enfrentan no es distinta a la de los mexicanos, dominicanos e, incluso, filipinos o chinos. Sin embargo, hay una diferencia vital entre los cubanos y los demás inmigrantes: su condición migratoria. Bajo la Ley de Ajuste Cubano, aprobada por el Congreso norteamericano en 1966, los cubanos que se presenten sin visa ante las autoridades migratorias, en cualquier frontera terrestre de Estados Unidos, no son considerados inmigrantes ilegales, sino presuntos refugiados políticos. Lo único que un cubano debe mostrar es una identificación oficial o su certificado de nacimiento. Solo ha habido un cambio desde mediados de los años sesenta, la política llamada “pies secos/pies mojados”, adoptada por Washington después de la crisis de los balseros en 1994. Según esta política, si un cubano logra llegar a la costa de Estados Unidos –“pies secos”– se le permite quedarse, pero si la Guardia Costera de Estados Unidos lo captura en el mar –“pies mojados”– será devuelto a Cuba.

Hoy por hoy, muchos consideran incoherente y obsoleta esta medida, incluso los políticos cubanoamericanos más radicales. En palabras del más prominente de ellos, el senador Marco Rubio: “Se está haciendo cada vez más difícil justificar [esta política] ante mis colegas.” Esto se debe a que la mayoría de los cubanos entran a Estados Unidos por las mismas razones que todos los demás inmigrantes potenciales: la búsqueda de una prosperidad que saben que no tendrán en sus países de origen. En los últimos diez años, más de trescientos mil cubanos han llegado, algunos gracias al programa de visas de diversidad; otros como parte del programa de reunificación familiar, y otros, aproximadamente diez mil al año, sin visa y a través de México. De hecho, solo unos cuantos reclaman asilo político.

La afluencia de los últimos diez años es la mayor desde que Castro tomara el poder en 1959, cuando la mayoría de las personas que llegaban eran realmente refugiados políticos. Como bien lo entendió Barack Obama, mucho antes que la mayoría de los políticos, su llegada no solo transformó el consenso político del sur de Florida y el norte de Nueva Jersey (la otra región de Estados Unidos con mayor asentamiento cubano), sino que, por razones humanamente comprensibles, ha llevado a que muchos más cubanoamericanos vuelvan a visitar la isla. Se estima que 476,000 personas hicieron el viaje durante 2014, el doble que en 2007. Por supuesto que sigue habiendo gente en Miami que ni siquiera sueña con regresar a Cuba hasta que el régimen de Castro haya caído –aquellos de quienes se decía, durante la década de los ochenta, que “su reloj paró en el 59”–. Esto no significa que sean cada vez menos, sino que su influencia sobre las políticas nacionales de Estados Unidos ha menguado dramáticamente.

Como resultado de todo esto, cuando el presidente Obama decidió normalizar relaciones con Cuba, tocó a una puerta que ya estaba algo más que medio abierta. Se dice que llegar a un acuerdo con el lado cubano fue mucho más difícil, principalmente porque el recurso de culpar al bloqueo estadounidense de todos sus errores y fracasos económicos le venía como anillo al dedo al régimen castrista. En efecto, sin dudar un instante del extraordinario carisma de Fidel Castro y del rol determinante del ejército cubano (que se ha mantenido fiel al régimen, a excepción de un breve periodo a finales de los ochenta que culminó en la ejecución del general Arnaldo Ochoa Sánchez, héroe militar de la intervención cubana en Angola), existen muchos analistas de ambos lados del Estrecho de Florida que creen que la “hora final” de Castro habría llegado mucho antes si el embargo económico sobre Cuba no hubiera permanecido durante 55 años.

Claro que al final –y gracias, en gran parte, al papel que desempeñó el Vaticano en las negociaciones– el acuerdo pudo concretarse. Como era previsible, el lado cubano se declaró victorioso, pero la situación es mucho más complicada. Es verdad que si la victoria para Estados Unidos dependía de la renuncia de Raúl Castro y de la realización de elecciones libres en Cuba, entonces Washington habría perdido, al menos en el corto plazo. Pero esa opción no ha estado en realidad sobre la mesa desde que Hugo Chávez rescató al régimen castrista a finales de la década de los noventa. Por otro lado, aun entre sus partidarios, es raro escuchar que alguien crea que, cuando finalmente mueran Fidel y Raúl, su sucesor sea otro comunista. En esto la situación es muy similar a la que vivió España los últimos días de Franco. Todos sabían que su forma de gobierno autoritario había terminado, pero todos entendían también que, literalmente, el dictador tenía que yacer dentro de su ataúd para que la completa restauración de la democracia pudiera llevarse a cabo. Y en ese sentido, mientras el acuerdo de normalizar relaciones con Washington puede ser considerado una victoria personal para los hermanos Castro, también indica el fin de una Cuba que ellos habían querido crear y, por lo tanto, representa su derrota a largo plazo.

La ambigüedad del resultado es lo que vuelve tan peculiar la experiencia de estar en Cuba. Porque uno se encuentra con un mundo en el que muchas cosas han cambiado en teoría, pero en la práctica, casi todo permanece igual. Pueden verse los mismos afiches revolucionarios de hace veinte y treinta años, mientras internet es casi inexistente en lugares públicos y, donde hay –cosa que sucede casi exclusivamente en un puñado de los hoteles más costosos de La Habana (aunque se dice que en el centro de la capital hay algunos puntos con Wi-Fi caro)–, está fuera del presupuesto de todos, excepto de una pequeña minoría de ciudadanos. Más allá, la situación política se ha congelado en términos generales. Como en la Yugoslavia de Tito, el “síndrome del rey Lear” está a la orden del día, con un Fidel reacio o incapaz de señalar un sucesor. Y, como en la España de Franco, resulta muy difícil ver cómo los viejos oficiales del antiguo régimen podrían servir para algo más que como figuras de transición hasta que llegue el nuevo orden; la sola excepción es el ejército que, en opinión de la mayoría de los observadores con quienes platiqué en La Habana, hará posible una tersa transición.

Por ahora, la mayoría de los cubanos continúa con su vida, aunque una cantidad creciente de ellos planea emigrar a Estados Unidos en cuanto se presente la primera oportunidad. El número de cubanos sin visa que llega a la frontera entre México y Estados Unidos se ha duplicado desde que se anunció la normalización; esto, en parte, debido al miedo de que una de sus consecuencias sea la derogación de la Ley de Ajuste Cubano, o a que haya una enmienda radical que revoque la condición migratoria especial que ahora disfrutan los cubanos. Suceda lo que suceda en términos legislativos –con condición migratoria especial o sin ella–, no hay duda de que habrá un incremento sustancial, posiblemente un incremento muy sustancial, en el número de cubanos que lleguen a Estados Unidos. Después de todo, la distancia entre Cuba y Cayo Hueso, en la punta sur del estado de Florida, es de menos de 175 kilómetros.

Al mismo tiempo, muchos de los cubanos con los que hablé durante mi reciente viaje a la isla parecen tener mayor esperanza en lo que Barack Obama hará por ellos que en Raúl y Fidel Castro. Puede que estén en lo correcto. Si son muchos los posibles migrantes cubanos que miran al norte, son también muchos los potenciales inversores estadounidenses que miran al sur, ambos con grandes expectativas. Solo entre la vieja generación, tanto en Miami como en La Habana, el entusiasmo es más moderado. Es entendible: ¿cómo es posible que alguien salido de Cuba en 1960 o 1961, siendo adulto o niño, y que esperaba, año tras año, poder regresar pronto a casa (la posición común del cubano de Miami durante mucho tiempo) no se sienta decepcionado? Y ¿cómo esperar que alguien de la misma edad, pero que permaneció en Cuba, soportando rachas de represión, idealismo revolucionario y privaciones de todo tipo, sienta lo mismo?

¡Por dios!, ¿de qué sirvieron esos 56 años? ~

 

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